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lunes, 6 de agosto de 2012

MITO, RITO Y CREACIÓN NARRATIVA


MITO, RITO  Y CREACIÓN NARRATIVA





“Quien tiene conocimiento de sus orígenes y de la historia antigua posee el dominio del propio destino. El prestigio que da este conocimiento deriva, en última instancia, de la importancia concedida al conocimiento de los mitos “existenciales” e “históricos”, de los mitos que relatan la constitución de la condición humana. Esta condición humana tiene una historia: ciertos acontecimientos decisivos tuvieron lugar en una época mítica y a consecuencia de ello el hombre ha llegado a ser lo que es actualmente” (Mircea Eliade, Mito y realidad. Madrid: Labor, 1992).

“La esencia del arte es nostalgia por Otro Mundo… El hombre es el mediador entre el cielo  y la tierra; y el arte es la función gracias a la cual el Otro Mundo es traído a este mundo, Así, aunque el arte nace de la melancolía, se redime de ella mediante la obra que trae al Otro Mundo a este mundo, y que acerca el cielo a la tierra” (H.A. Murena, La metáfora y lo sagrado. Barcelona: El barco de Papel, 1984).

Hasta los años 70 la mayoría de los historiadores y antropólogos describían la creencia en los mitos como una actitud mental de participación inmediata y emocional. Se consideraba por otra parte las mitologías como textos sagrados y dogmas religiosos. Los historiadores de la Grecia antigua no eran una excepción a la regla. Para ellos también el hombre griego arcaico vivía intensamente sus producciones simbólicas. Sólo poco a poco el pensamiento crítico supo distanciarse de estas producciones simbólicas y de los estados mentales correlativos. La teoría general de los helenistas era así a la vez evolucionista, en la medida en que se conjeturaba un paso del mito a la razón, y relativista, en la medida en que se pensaba que el mito y la razón constituían dos dominios separados. En la actualidad, desde los años 80, esta visión de las cosas resulta muy controvertida.





Vinculación entre el mito, el rito y la creación narrativa



Conceptos básicos


El mito narra cómo el mundo y los hombres llegaron a ser lo que son hoy. Trata de creaciones y orígenes. Todas las culturas del mundo poseen sus relatos míticos sobre la creación de la tierra, del hombre, de la mujer, del origen de la muerte, de la conquista de la muerte, de ciertos alimentos, etc. El principal protagonista del mito es un dios o un héroe a quien la humanidad debe la satisfacción de una necesidad esencial como el sol, el fuego, etc.
El mito raramente es creado ex nihilo. Al hombre le cuesta imaginar la nada absoluta; de modo que con el mito se parte de materiales existentes que el celeste autor modela o transforma: creación de la tierra a partir del barro, del hombre a partir del polvo. De igual manera, los elementos trascendentales, como el fuego, existen ya al iniciarse el relato. Por lo general, el objeto deseado se halla bajo la custodia de unos dioses o de cualquier otro ser; el héroe del mito habrá de ponerlo al alcance de la humanidad.
El mito, en su significado más técnico, equivale a relato o historia, aceptados como verdad por quienes los cuentan y sitúan en un pasado remoto, como puede ser el momento mismo de la creación. En este sentido los mitos difieren de la leyenda -otra forma de prosa narrativa e igualmente verídica para el relator- ubicadas en el mundo real, de cronología posterior a la Creación, en el presente o con proyección en el futuro (en la leyenda el duende continúa rodando). Mito y leyenda se distinguen del relato popular en el sentido de que éste suele ser inventado al margen de todo acontecimiento histórico.
Por otra parte el mito puede ser entendido como "la narración de un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos… el mito cuenta cómo gracias a las hazañasde los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una creación: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser”[1].
Un aspecto importante del mito es su carácter social más que individual. Si alguien “roba” lumbre de su vecino porque la suya llegó a extinguirse, el relato que surja del hecho será en tono menor, a nivel popular. Si el protagonista es un héroe nacional o un pícaro de excepción, y si el juego robado es de todos, crecerá el mito (caso Robin Hood).
El abordaje del mito se le denomina mitología y hay distintos maneras de comprenderlos: uno es la mitología comparada que busca paralelismos entre mitologías. El método de estudio comparativo recurre esencialmente a la reconstrucción histórica (sea de la forma original del mito, sea de las relaciones que se supone habidas entre dos o más pueblos. Está también el enfoque funcionalista, propuesto por el antropólogo Bronislaw Malinowski tras observar que el mito servía de fundamento sociológico a la creencia, dado que la gente acude a él como justificación inapelable de sus creencias y costumbres. Otros estudian la interrelación mito/ritual, afirmando que los rituales se limitan a rememorar mitos más antiguos. Otros tienden a estudiar los mitos desde un punto de vista literal, como reflejos de la cultura de procedencia. Franz Boas y discípulos suyos los consideran custodios de la información etnográfica; este enfoque (reflector cultural) boasiano permite inferir datos de organización social, técnicas cinegéticas y similares a partir de cualquier antología.
Ahora bien, el enfoque histórico-literal y el enfoque psico-simbólico no son mutuamente excluyentes. Por ejemplo, el mito de la inundación general puede reflejar realmente una inundación histórica, y gozar a la vez de tanta popularidad por paralelismo imaginativo con el nacimiento humano, donde el feto es alumbrado en medio de gran derrame de líquido amniótico. En la teoría freudiana los mitos pueden representar proyecciones cosmogónicas de acontecimientos humanos básicos, sin que ello signifique que existiera una inundación real o que la inundación sea una proyección cosmogónica del nacimiento. Un enfoque no excluye al otro.
Además de los enfoques comparativo, funcionalista, mítico-ritual, reflector cultural y psicoanalítico, se da un enfoque estructuralista, el cual trata de describir las pautas básicas (mitemas) sobre las que se organiza el mito. El antropólogo Claude Lévi-Strauss, entre otros, ha intentado demostrar que los mitos son medios culturales cruciales para la solución y arbitraje de las polarizaciones binarias críticas: vida/muerte, naturaleza/cultura, matrilineal/patrilineal.[2]

Ritos, rituales

Ritual es un concepto que implica una categoría o aspecto del comportamiento, estereotipado, previsible, prescrito, comunicativo y a-instrumental. Su estereotipia y predictibilidad significan que el comportamiento idóneo frente a una situación dada, como el de los fieles con ocasión de un servicio religioso, es de alcance muy limitado y, una vez  iniciado, sigue siempre una pauta casi invariable. Es prescrito por cuanto su ejecución no depende solamente del capricho de un individuo sino que es esperado por otros en circunstancias y forma específicas. Comunicativo porque informa algún hecho acerca del ejecutante, el sujeto, o la relación entre ambos, a un auditorio (aunque el único que pueda darse sea el propio ministro). Por último, el ritual es a-instrumental en razón de que su ejecución no se considera poseedora de efecto alguno directo o mecánico sobre el mundo externo.
En la definición anterior, el ritual representa un concepto analítico, no un hecho independiente. Como tal, comprende una vasta gama de comportamientos reales en continuidad con otros de carácter no ritual. Resulta particularmente próximo a la ceremonia y a la etiqueta y a menudo se distingue de estos significados limitando su uso a un contexto puramente religioso.
Las diferentes variedades de rituales pueden ser categorizados de modo vario. Los ritos calendáricos pueden contrastarse con otros críticos conforme a si se ejecutan de manera regular, como es el caso pertinente a los equinoccios de primavera y otoño, u ocasionalmente, como para curar una enfermedad. Una categoría generalmente reconocida es la definida por los ritos de tránsito que señalan un cambio social, tales como los que conciernen al nacimiento, iniciación, matrimonio y muerte.
Como clase de comportamiento el ritual es asociado a menudo por los antropólogos con la creencia, estimada como clase de comportamiento. En este caso, ambas categorías, ritual y creencia, suelen considerarse de algún modo complementarias. Se dice, por ejemplo, que el ritual expresa o refuerza la creencia, o que ésta constituye la base o da razón de aquél[3].


Tipos de rituales

Ritos de intensificación.- Ceremonias y ritos son actividades estilizadas y repetitivas de comportamiento formal características de una cultura, en consonancia con los significados contextuales que les han sido atribuidos por la tradición. Se trata de acontecimientos de elevado sentido dramático e intenso simbolismo, mediante los cuales se regula la vida social. Muchos son cíclicos y tienen lugar en momentos de la vida reconocidamente críticos: tránsitos consiguientes a cambios en el medio físico, biótico y social.
Dos clases de trastorno cíclico imponen universalmente un comportamiento ritual. El primero es producto de un cambio de estatus o categoría en la escala social y en las funciones de un individuo entre los demás miembros del grupo. El nacimiento, la iniciación al estado adulto, el matrimonio y la muerte son ejemplos clásicos, en cualquiera de cuyos casos el grupo debe ajustarse al cambio que ha transformado al individuo o categoría de individuos. Las ceremonias que regulan estos cambios interactivos reciben el nombre de ritos de tránsito. La segunda alteración cíclica es producto de fluctuaciones en las condiciones de vida humana que afectan a la vez a la totalidad de los miembros de una comunidad. El cambio rítmico de las estaciones, la diaria variación solar y el paso de las actividades de siembra a las de recolección son en este sentido ejemplos típicos, en cada uno de los cuales la comunidad debe acomodarse a la nueva fase del ciclo. Las ceremonias que regulan esta clase de cambios interactivos se conocen como ritos de intensificación.
Ambos tipos de ceremonia refuerzan en cada uno de los participantes aquellos modelos de de interacción que se considera son propios de la nueva fase. Mediante estas ceremonias los individuos tratan de regular el cambio que les sobreviene globalmente, a fin de que no resulte disruptivo de la función colectiva, es decir, que no promueva reacciones de idiosincrasia individual ni suponga una acomodación imprevista de su vida (Hunter y Whitten, pp. 158-149).

Ritos de pubertad.- Una clase de rito de tránsito; señalan un cambio en la identidad social de la persona, que pasa de niño a adulto. Los ritos de la pubertad de las mujeres coincide con las primeras reglas; los de los hombres, con alguna evidencia del logro de la madurez fisiológica (y quizá social).

Ritos de tránsito.- Se dice de las ceremonias que señalan cambios en la categoría o posición social de la persona a medida que ésta pasa por las fases de la vida así reconocidas culturalmente en la sociedad en que está integrada.
Los ritos de pubertad masculina pueden tomar forma de búsqueda de la visión o iluminación individual, suelen acompañarse de aislamiento temporal del resto del grupo (ejemplo: circuncisión, escarificación). Las ceremonias que acompañan la entrada de los novicios en las órdenes religiosas, los votos hechos o compromisos asumidos con ocasión de incorporarse a hermandades, de integrarse a logias (masones) representan eventos de esta clase. El ritual cristiano de la confirmación. Se consideran ritos de tránsito las ceremonias del matrimonio y los funerales.
En el mundo actual, la eficacia de un ritual es una antigua herencia del mundo mitológico primordial, algo muy presente en ciertos sacramentos cristianos, como la Eucaristía, por ejemplo, en la cual el sacerdote oficiante ejerce un poder taumatúrgico sobre el Universo, haciendo que la divinidad descienda hasta el altar donde él oficia y adoptando la forma de las especies, pan-cuerpo de Dios y vino-sangre de Jesucristo. Ello es un acto teúrgico en el que la voluntad del creyente busca ponerse en contacto con Dios de una manera material, gestual, por medio de la acción, porque no puede llegar hasta Él a través de la palabra y el pensamiento. Este tipo de teúrgia dedica a Dios una especie de metáfora física y teatral, una representación para el caso, mas no presentación, con diversos elementos que apelan a diferentes sentidos: vista, olfato, gusto… En el mundo del entonces se quemaba la grasa del buey sacrificado en la hecatombe y los dioses la consumían con el fuego, hoy se quema el incienso en ofrenda al olfato de las divinidades.
Vale la pena poder hablar de los rituales de los escritores al momento de iniciar procesos de escritura. Qué suelen hacer: acaso escribir de pie, quitarse la ropa, sentarse frente a paisajes llamativos, etc.



Teorías en torno al mito y al rito

Estas teorías son cuerpos conceptuales con los cuales algunos autores tratan de sistematizar, categorizar u ordenar y darle sentido a los comportamientos, conductas y actividades de los hombres en torno al mito y al rito. En este caso nos centraremos en tres grandes teóricos: un historiador de las religiones; dos antropólogos que, desde sus perspectivas (uno funcionalista, el otro estructuralista) apuntan a ofrecer una mejor comprensión del fenómeno mito-rito. Son ellos, Bronislaw Malinowski, Mircea Eliade y Claude Lévi-Strauss.

1.     Bronislaw Malinowski.
Malinowski es el padre de la teoría funcionalista, fue quien formuló y puso en práctica sus principios metodológicos. Su principio metodológico básico es pensar toda la cultura como unidad integrada, donde las partes son interdependientes y existen en función de fines. “Esta teoría –dice Malinowski- aspira a explicar las realidades antropológicas en todos sus niveles de desarrollo, por su función, por la parte que desempeñan dentro del sistema integral de cultura, por la manera como se relacionan con otras dentro del sistema o por la forma en que éste se vincula al contorno físico. Ello exige conocer la naturaleza de su evolución o de acontecimientos históricos pasados”[4]. En esta teoría se insiste en la necesidad de tener en cuenta la “estructura” total; ello significa que se debe estudiar cada aspecto en su interdependencia con los demás y en función de la cultura toda considerada como una configuración.
La aplicación de este punto de vista funcional lo hallamos en el estudio acerca del mito. Malinowski critica por igual la interpretación naturalista y la histórica que reducen el estudio del mito al simple examen de los textos, segregándolos de todos los demás aspectos de la cultura que a la vez lo condicionan y le prestan sentido. El mito es un rasgo de la cultura estrechamente vinculado no sólo con la religión, sino también con la organización social, la economía, la política, la moralidad, el arte y las costumbres de los grupos humanos. Su interdependencia dentro del contexto de la cultura está fijada por su función, la cual no consiste en simbolizar los fenómenos naturales o relatar una crónica de los acontecimientos pasados, sino en expresar y codificar el sistema de creencias y de normas que, en sus distintos órdenes, rigen la vida de los grupos. Es –dice Malinowski- algo así como la “carta constitucional del orden social” (M. La vida sexual de los salvajes), por lo que, de lo que se trata es de ver la realidad en acto, no de un hecho social ya cristalizado y exterior a las conciencias individuales; el mito es un contenido efectivo de éstas realidades, es una vivencia real, operante. Por este carácter suyo de realidad vivida, puede comprendérselo plenamente no sólo en tanto se lo examina en función de los demás aspectos de la cultura, sino en cuanto tal estudio se practique mediante la observación directa de la vida de los grupos. Es decir, aquí lo que hay es una observación franca, en el terreno, del investigador del mito.
Pero veámoslo como lo expresa concretamente Malinowki en el libro Estudio de psicología primitiva[5], cuando estudia a la cultura melanesia de la Nueva Guinea; en este libro se propone “mostrar cuán profunda entra en la vida la tradición sagrada –el mito-  y con cuánta fuerza rige su ordenamiento moral y social. O dicho de otra manera, la tesis de esta obra es que existe una íntima conexión entre la palabra, el mythos, el relato sacro y el rito, los hechos morales, la organización social y también la actividad práctica de la tribu” (Malinowski, p.23)
En contra de la opinión de otras escuelas conceptuales, como la naturalista y simbólica quienes argumentaban en su momento la teoría del relato sagrado como repositorio verídico del pasado, siguiendo lo que Wundt y sir James Frazer dijeron, Malinowski está en condiciones de afirmar que el hombre primitivo se interesa muy poco por lo que hay de puramente artístico o científico en la naturaleza; “en sus ideas y relatos el símbolo ocupa poco lugar, y en rigor, el mito no es una vana rapsodia, ni una sucesión de fantasías vertidas al caso, sino una ímproba y extremadamente importante fuerza natural” (Malinowski, p.24). En relación con el elemento histórico del mito, acepta que la historia imprime su impronta en las manifestaciones culturales, pero ello no lo es todo, en el mito se va más allá del impulso científico y anhelo de conocimiento; está en el orden de lo práctico, de lo cotidiano. Malinowski advierte sobre la enorme influencia del mito en la cultura a través del ritual y los principios morales sociales.
Para Malinowski el mito no es sólo un  relato, es también una realidad viviente; “no es una ficción (…), sino algo que se cree sucedió en los tiempos primigenios, y que a partir de entonces influye sobre el mundo y los destinos humanos” (Malinowski, pp. 26-27). El mito no puede pensarse aislado de la fe viva, sin el conocimiento paralelo de organización social, moralidad, costumbres populares; percibido todo ello en el terreno mismo de sus manifestaciones vividas. En este sentido el mito es la resurrección de una realidad primitiva mediante el relato para satisfacción de profundas necesidades religiosas, aspiraciones morales, convenciones sociales y reivindicaciones; inclusive para el cumplimiento de exigencias prácticas. “El mito cumple en la cultura primitiva una función indispensable: expresa, exalta y codifica las creencias; cuestiona y legitima la moralidad; garantiza la eficiencia del ritual y contiene reglas prácticas para relacionar al hombre” (Malinowski, p. 27).
A continuación, Malinowski prueba sus asertos a partir del examen de varios mitos, pero antes establece lo que entiende por mito para diferenciarlo del cuento de hadas, la leyenda y la crónica.
Una vez relata varias narraciones, termina diciendo que el interés no está por la narración misma sino en sus referencias sociológicas, es decir, hay necesidad de no sustraerlo de su medio, pues hacerlo es tornarlo inanimado. Es importante escucharlo y observar cómo se narra. El espectáculo que suscita la narración: la voz, la mímica, la gestualización, el estímulo y la reacción del auditorio tienen significado. Incluso es importante el momento indicado para narrar: la hora del día, la estación, los sembrados en brote como anuncio de futuras actividades, el influjo de la magia. Se debe tener en cuenta, así mismo, el ambiente sociológico de la “propiedad privada del relato”, y la función social y cultural de la ficción como entretenimiento (Malinowski, p. 30)
Malinowski, pasa a continuación a observar otra clase de relatos, más verídicos, de información más valiosa, narraciones más concretas, no tienen que ver con la estación apropiada, ni modos estereotipados de narración, aquí sobra el espectáculo y acontecer mágico. Como los Trobriand viven en un collar de islas, se desplazan continuamente por ellas, en esos viajes escuchan relatos. Los mayores y más experimentados proporcionarán a estos viajeros información. Por ejemplo, un anciano podrá contar sus propias experiencias en combates y expediciones, hechos de magia, hazañas de gran provecho económico, les puede añadir reminiscencias de sus padres, cuentos y leyendas que recogió de oídas. Todo ello permitirá la memoria de grandes acontecimientos del pasado. Este tipo de historias toman forma de cantares, leyendas históricas.
Para Malinowski estos cuentos pueden subdividirse de la siguiente manera: “el Relato histórico, presenciado por el narrador o certificado por alguien que merece fe por su buena memoria; la leyenda, en la que se ha roto la continuidad del testimonio, pero que cae dentro del tipo de los acontecimientos que normalmente integran la experiencia de los nativos; el relato de oídas, o la voz de la fama, que versa sobre países distantes y sucesos antiguos de un tiempo fuera del ámbito de la cultura actual” (Malinowski, p. 31), su particularidad está dada en que se les mira como verídicos; “no se los representa, ni se los cuenta para entretenimiento en una estación determinada”. Todos manejan asuntos estimulantes para el nativo; tienen una correlación inmediata con los hechos cotidianos: ganancias materiales, guerras, aventuras, éxitos. Registran casos singulares que redundan en la fama de algún individuo y sus descendientes. De lo anterior se desprende que, al mirar y escuchar estos relatos, si se hace desprendido de la realidad concreta no se entenderá la función que desempeñan en el contexto para el cual han sido constituidos.

Ahora el autor entra a conceptuar el relato sagrado o mitos. Los anteriores relatos, sirven unos de entretenimiento, otros satisfacen ambiciones sociales mientras que los mitos o relatos sagrados son mirados como verdaderos, como venerables y sagrados y desempeñan un papel cultural muy importante. Malinowki escribe: “El cuento popular, según dijimos, se representa en público, en la estación adecuada y entraña un acto de sociabilidad. La leyenda, provocada por el contacto con una realidad insólita, pone al descubierto perspectivas insólitas del pasado. El mito entra en función cuando el rito, el ceremonial o una regla moral o social exige justificación, esto es, cuando reclama la confirmación de su antigüedad, veracidad y santidad” (p.32).

A continuación echa una mirada sobre los temas de algunos mitos típicos: la fiesta anual del retorno de los muertos; la construcción de las canoas; los viajes. Malinowski escribe: “No existe magia importante, ni ceremonia ni ritual sin creencia; y la creencia forma una urdimbre de precedentes concretos. La unión es muy íntima, porque el mito no sólo es considerado como un comentario con información adicional, sino asimismo como una garantía, un estatuto y a menudo también una guía práctica para las actividades con que está ligado. Por otro lado, los ritos, las ceremonias, las costumbres y la organización contienen, de vez en cuando, referencia directa al mito, y se le considera el resultado de un evento mítico. El hecho cultural es un testimonio que incluye el mito, en tanto el mito es mirado como la causa real que ha producido la regla moral, el agrupamiento social, el rito o la costumbre. De esta suerte, los relatos forman parte integral de la cultura. Y no sólo trasciende su existencia e influye en el acto de la narración; no sólo se nutren de la vida y de sus intereses, también rigen y gobiernan muchos rasgos culturales, hasta constituir la espina dorsal de los dogmas de la civilización primitiva” (p. 33).

Según la tesis que plantea Malinowski y como punto importante, “existe un tipo especial de relatos, considerados sagrados, que están incorporados al ritual, la moral y la organización social, y que forman parte integrante y activa de la cultura primitiva”, constituyen para el primitivo “una realidad primera, más grande e importante, por la cual se determina la vida actual, el destino y la actividad del género humano, y porque su conocimiento fundamenta los actos morales y rituales del hombre y le señala cómo ha de practicarlos” (pp. 33-34).

Finalmente, Malinowski, después de disentir en torno a las concepciones que los científicos intelectuales del momento tienen del mito, el cuento, la leyenda, remata diciendo: “La índole intelectual de un relato está dada por entero en su texto, pero el aspecto funcional, cultural y pragmático de cualquier relato primitivo se manifiesta tanto en el texto como en la manera que es “ejecutado”, personificado y relacionado con su medio” (p. 37). Es decir, la intelectulización en la comprensión del mito, tratando de hallarle razones, sentidos fuera del contexto situacional mismo, nos lleva a abstracciones que no corresponden con lo que verdaderamente viven los primitivos quienes nunca dan una “explicación”; establecen, sí, siempre, un precedente que constituye un ideal y una garantía de su continuidad, y a veces directivas prácticas de orden social (p. 35).


Mircea Eliade

En su libro Mito y realidad[6], Eliade plantea cómo en la modernidad el mito fue tratado como “invención”, “fábula”, “ficción”, “ilusión”; en contraposición, hoy, se lo concibe como lo entendían en el mundo arcaico: “tradición sagrada, revelación primordial, modelo ejemplar”. Ello significa que el mito no ha sido el mismo en el mundo antiguo como en el mundo cristiano.
A partir de Jenófanes (565-470), quien rechazó las expresiones mitológicas de la divinidad utilizadas por Homero y Hesíodo, se fue vaciando al mythos del valor religioso y metafísico, opuesto tanto al logos como más tarde a historia; ello vino a significar “todo aquello que no está justificado, no puede existir en la realidad”. El judeocristianismo relegó el mito a la “mentira”, a la “ilusión”. Los mitos griegos fueron contados, modificados, articulados y sistematizados por Hesíodo y Homero, por rapsodas y mitógrafos. En este sentido, todos los mitos tienen su historia, se han transformado y enriquecido a lo largo del tiempo.
A Eliade le interesa el mito como “vida”, en el sentido de proporcionar modelos a la conducta humana, y conferir, por eso mismo, significado y valor a la existencia. En este sentido el mito es un hecho de cultura, y así debe ser entendido, interpretado, analizado. Es en las sociedades arcaicas donde el mito refleja el estado primordial. En ellas el mito está vivo, fundamenta y justifica comportamientos y actividades de los hombres.
Aproximarnos a una comprensión del mito tiene su complejidad, dado su extraordinario poder de vida. Mircea Eliade, en Mito y realidad, intenta aclararlo en los siguientes términos: “el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los “comienzos”. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta realidad total, el cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una “creación”: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser. El mito no habla de lo que ha sucedido realmente, de lo que se ha manifestado plenamente. Los personajes de los mitos son Seres Sobrenaturales; se les conoce sobre todo por lo que han hecho en el tiempo prestigioso de los “comienzos”. Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y desvelan la sacralidad (o simplemente la “sobrenaturalidad”) de sus obras. En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de lo sobrenatural) en el mundo. Es esta irrupción de lo sagrado lo que fundamenta realmente el mundo y lo que le hace tal como es hoy día” (pp. 18-19).
El mito se considera como historia sagrada por tanto, “historia verdadera”, pues se refiere siempre a realidades. “El mito cosmogónico es “verdadero” porque la existencia del mundo está ahí para probarlo; el mito del origen de la muerte es igualmente “verdadero”, puesto que la mortalidad del hombre lo prueba”.
El mito, al relatar las gestas de los seres sobrenaturales y la manifestación de sus poderes sagrados, se convierte en el modelo ejemplar de todas las actividades humanas significativas. Incluso los modos de conducta y las actividades profanas del hombre encuentran sus modelos en las gestas de los seres sobrenaturales. Ejemplo: “Debemos hacer los que los dioses han hecho en un principio”. Así, como se ha podido observar, la función principal del mito “es revelar los modelos ejemplares de todos los ritos  y actividades humanas significativas: tanto la alimentación o el matrimonio como el trabajo, la educación, el arte o la sabiduría” (p.20).
Los mitos se comunican a los neófitos durante su iniciación, o, más bien se “celebran”, se “reactualizan”; el rito reactualiza el mito. Ahora bien, “no se puede cumplir un ritual si no se conoce el “origen”, es decir, el mito que cuenta cómo ha sido efectuado la primera vez (p.29). Durante el servicio funerario, el chamán na-khi, dto-mba, canta:
“vamos ahora a acompañar el muerto y a conocer de nuevo la pena.
Vamos a danzar de nuevo y a derribar a los demonios.
No se debe hablar.
Si se ignora el origen de la danza,
no se puede danzar”
Esto recuerda, según Eliade, las declaraciones de los Uitoto a Preuss: “Son las palabras (los mitos) de nuestro padre sus propias palabras. Gracias a estas palabras danzamos; no habría danza si no nos la hubiera dado” (K. Th. Preuss, Religión und Mythologie der Uitoto, I,II (Gotinga, 1921-1923) p. 625.
Pero también no basta conocer el mito de origen, hay que recitarlo; “se proclama de alguna manera su conocimiento, se muestra: al recitar y al celebrar el mito del origen, se deja impregnar de la atmósfera sagrada en la que se desarrollaron los acontecimientos milagrosos”. Al recitar los mitos se reintegran el tiempo fabuloso al presente, se hacen de alguna manera “contemporáneos” de los acontecimientos evocados, se comparte la presencia de los dioses. Esto permite decir que, al “vivir” los mitos, se sale del tiempo profano, cronológico, y se desemboca en un tiempo cualitativamente diferente, un tiempo “sagrado”, a la vez primordial e indefinidamente recuperable.

Estructura y función de los mitos
La estructura y función de los mitos tienen que ver con las notas características de los mitos, el modo como es vivido en las sociedades arcaicas; según Eliade el mito,
1, constituye la historia de los actos de los Seres Sobrenaturales;
2, que esta historia se considera absolutamente verdadera (porque se refiere a realidades) y sagrada (porque es obras de los seres sobrenaturales);
3, que el mito se refiere siempre a una “creación”, cuenta cómo algo ha llegado a la existencia o cómo un comportamiento, una institución, una manera de trabajar, se han fundado; es ésta es la razón de que los mitos constituyan los paradigmas de todo acto humano significativo;
4, que al conocer el mito, se conoce el “origen” de las cosas y, por consiguiente, se llega a dominarlas y manipularlas a voluntad; no se trata de un conocimiento “exterior”, “abstracto” sino de un conocimiento que se “vive” ritualmente, ya al narrar ceremonialmente el mito, ya al efectuar el ritual para el que sirve de justificación;
5, que, de una manera o de otra, se “vive” el mito, en el sentido de que se está dominado por la potencia sagrada, que exalta los acontecimientos que se rememoran o reactualizan p. 30
En la ritualización del mito se deja de existir en el mundo actual, de todos los días y se penetra en el mundo transfigurado auroral, impregnado de la presencia de los Seres Sobrenaturales. No se trata de una celebración o conmemoración sino de una reiteración. Las personas del mito se hacen presentes, se hacen contemporáneas. Se sale del tiempo cronológico y se entra en el tiempo primordial, “el tiempo en el que el acontecimiento tuvo lugar por primera vez. El tiempo sagrado, prodigioso.
“En suma, los mitos revelan que el mundo, el hombre y la vida tienen un origen y una historia sobrenatural, y que esta historia es significativa, precisa y ejemplar” (p.32).


2.     Claude Lévi-Strauss

Para Lévi-Straus[7] en el mito todo puede suceder, pareciera no tener ninguna regla lógica y de continuidad y esto lo lleva a la pregunta de en dónde ubicar el problema; si el contenido del mito es enteramente contingente, “¿cómo comprender que, de un extremo a otro de la tierra, los mitos se parezcan tanto? Para darle respuesta a la pregunta Lévi-Strauss recurre a la lingüística.  “Los antiguos filósofos razonaban sobre el lenguaje como nosotros seguimos razonando sobre la mitología. Comprobaban que, en cada lengua, ciertos grupos de sonidos correspondían a determinados sentidos, y buscaban desesperadamente comprender qué necesidad interna unían esos sentidos y esos sonidos”. No fue fácil, pues los mismos sonidos se encuentran en otras lenguas, pero ligados a sentidos diferentes. Tal situación fue resuelta “el día en que se percibió que la función significativa de la lengua no está ligada directamente a los sonidos mismos, sino a la manera en que los sonidos se encuentran combinados entre sí” (p.231).

Lévi-Strauss encuentra necesidad de revisar el principio saussuriano del carácter arbitrario de los signos lingüísticos. Ello lo lleva a dar cuenta de que el mito “está en el lenguaje y al mismo tiempo más allá del lenguaje. (…). Al distinguir entre la lengua y el habla Saussure ha mostrado que el lenguaje ofrecía dos aspectos complementarios: uno estructural y otro estadístico; la lengua pertenece al dominio de un tiempo reversible, y el habla al de un tiempo irreversible”; de acuerdo con lo que se acaba de decir, “el mito se define también por un sistema temporal, que combina las propiedades de los otros dos. Un mito se refiere siempre a acontecimientos pasados: “antes de la creación del mundo” o “durante las primeras edades” o en todo caso “hace mucho tiempo”. Pero el valor intrínseco atribuido al mito proviene, de que estos acontecimientos, que se suponen ocurridos en un momento del tiempo, forman también una estructura permanente. Ella se refiere simultáneamente al pasado, al presente y al futuro. (…). Esta doble estructura, a la vez histórica y ahistórica, explica que el mito pueda permanecer simultáneamente al dominio del habla (ser analizado en cuanto tal) y al de la lengua (en la cual se lo formula), ofreciendo al mismo tiempo, en un tercer nivel, el mismo carácter de objeto absoluto. Este tercer nivel posee también una naturaleza lingüística, pero es, sin embargo, distinto de los otros dos” (p. 232).

Ahora bien, el valor del mito como mito persiste como tal; venga de donde venga, el mito es percibido como mito por cualquier persona, en el mundo entero. “La sustancia del mito no se encuentra en el estilo, ni en el modo de la narración, ni en la sintaxis, sino en la historia relatada.

Lévi-Straus resume provisionalmente las siguientes conclusiones. “Son tres: 1) Si los mitos tienen un sentido, éste no puede depender de los elementos aislados que entran en su composición, sino de la manera en que estos elementos se encuentran combinados. 2) El mito pertenece al orden del lenguaje, del cual forma parte integrante; con todo, el lenguaje, tal como se lo utiliza en el mito, manifiesta propiedades específicas. 3) Estas propiedades sólo pueden ser buscadas por encima del nivel habitual de la expresión lingüística; dicho de otra manera, son de naturaleza más compleja que aquellas que se encuentran en una expresión lingüística cualquiera” (p.233).

De lo anterior, según Lévi-Strauss, se siguen dos consecuencias importantes: “1) como toda entidad lingüística, el mito está formado por unidades constitutivas; 2) estas unidades constitutivas implican la presencia de aquellas que normalmente intervienen en la estructura de la lengua, a saber, los fonemas, morfemas y semantemas” (p. 233), es decir los mitemas.

¿Cómo reconocer y aislar estas unidades constitutivas o mitemas?, se pregunta Lévi-Straus. Lo claro aquí es que no son asimilables ni a los fonemas ni a los morfemas ni a los semantemas, sino que se ubican en un nivel más alto. Considera que aquí, los mitemas, habrá que buscarlos en el plano de la frase.

Para avanzar plantea una nueva hipótesis y postula que “las verdaderas unidades constitutivas del mito no son las relaciones aisladas, sino haces de relaciones, y que sólo en forma de combinaciones de estos haces las unidades constitutivas adquieren una función significante. Desde un punto de vista diacrónico, las relaciones provenientes del mismo haz pueden aparecer separadas por largos intervalos, pero si conseguimos restablecerlas en su agrupamiento “natural”, logramos, al mismo tiempo, organizar el mito en función de un sistema de referencia temporal de un nuevo tipo, que satisface las exigencias de la hipótesis inicial. Este sistema es, en efecto, un sistema de dos dimensiones, a la vez diacrónico y sincrónico, con lo cual reúne las propiedades características de la “lengua” y el “habla”.
Entendamos lo anterior recurriendo a lo que Lévi-Straus expresa como estructura y mitema.
El estructuralismo, en sentido general, denota un enfoque analítico, basado en el supuesto de que los fenómenos observados representan ocurrencias específicas de un principio subyacente generalizado, de relación o estructura. El estructuralismo no analiza la articulación de los propios fenómenos observados sino que supone que debajo de la superficie de ocurrencias observables existen relaciones más profundas, que dan origen a aquélla, y que, una vez comprendidas explican el orden fenoménico.
Desde la perspectiva de Claude Lévi-Strauss, el objeto del estructuralismo es lograr un entendimiento general de cómo opera la mente humana a través del análisis de diferentes culturas. Al efecto se supone que la especie humana posee una capacidad mental innata para ordenar y clasificar el mundo empírico. El orden aparente del mundo natural es producto de este ordenamiento mental. El orden, en este caso, es un producto de la mente, de manera concreta, del cerebro. Dado que todos los seres humanos poseen la misma clase de cerebro, la organización básica mental de la estructura, que ocupa a Lévi-Strauss, es idéntica para todos. Es sólo la expresión superficial de esa estructura mental la que varía de una cultura a otra.El estructuralismo se preocupa, entonces, por las uniformidades sicológicas que subyacen tras las diferencias aparentes en el pensamiento y en el comportamiento. Estas uniformidades surgen de la estructura del cerebro humano y del proceso del pensamiento inconsciente[8].
La característica estructural más importante de la mente humana es la tendencia a dicotomizar, a crear categorías que implican distinciones binarias, es decir, a pensar en términos de oposiciones: la oposición de un concepto con su negación. Así, la idea de vida entraña necesariamente la de su negación muerte; una oposición recurrente presente en muchos mitos, por ejemplo, es cultura / naturaleza. Estos emparejamientos binarios se hallan en oposición irreconciliable en la medida en que cada uno de ellos es definido por contraste con su opuesto, de donde surge un tercer término.
Lévi-Strauss, sostiene que todo el comportamiento social humano posee significado simbólico, no sólo a nivel superficial de ocurrencia cotidiana, sino también, a nivel profundo de estructura subyacente. Los modelos de establecimiento en pueblos, los sistemas de parentesco y matrimonio, la creencia totémica, los nombres personales o los tatuajes, pueden contener expresiones tangibles de un código cultural particular, propio de una estructura que se repite en todos los otros sistemas culturales de la sociedad en cuestión. Por ejemplo, la parte central, sagrada, de una maloca en las profundidades del Amazonas, como residencia de los hombres solteros y lugar de depósito de los alimentos no cocinados (crudos); es en la periferia profana, donde las mujeres casadas cocinan los alimentos. Las distinciones sagrado / profano, central / periférico, hombre / mujer, crudo / cocido son, en opinión de L-Strauss, transformaciones codificadas de la misma dicotomía estructural básica e ilustran la naturaleza simbólica como expresión redundante de categorías dicotómicas.
Desde el punto de vista estructural, cuanto más cambian las culturas más permanecen siendo las mismas, puesto que simplemente constituyen variaciones del tema de las oposiciones recurrentes y sus resoluciones. Esto explica por qué el estructuralismo se dedica a explicar similitudes, pero no a explicar diferencias.
Dicho con otras palabras, lo esencial en el estructuralismo consiste en “encontrar los principios subyacentes que hacen comprensible las formas estructurales, ya que ellas son proyecciones universales de una estructura inconsciente, la cual elabora categorías por medio de confrontaciones binarias, de las que arrancan las conductas culturales y sociales que germinan así en la organización biológica cerebral. Esta dicotomía, de una u otra manera, se halla en la cultura toda: en el parentesco, en las creencias, en las instituciones, en la indumentaria, en los juegos, que no son sino formas de una gran sustentación estructural, debiéndose metodológicamente entender por estructura una construcción mental, un modelo para investigar sociedades, pero sin escaparse de la realidad de la cultura, con el fin de descubrir sus sistemas simbólicos, sus modos de ordenación y clasificación de los bienes culturales y de sus usos de las instituciones, de los valores, de las ideas. Así se puede conseguir un conocimiento antropológico universalista de la cultura, y así también Lévi-Strauss piensa que la antropología es el estudio de los resultados culturales y sociales por la acción inconsciente del intelecto”[9]
El lenguaje.- Por medio de la aplicación del método estructural, L-Strauss pretende demostrar que la antropología cuenta con un sinnúmero de sistemas de signos, a la manera de un lenguaje. Tenemos por ejemplo que las reglas de matrimonio y los sistemas de parentesco constituyen una especie de lenguaje, esto es, un conjunto de operaciones destinadas a asegurar, entre los individuos y los grupos, cierto tipo de comunicación. El mundo humano está tejido sobre una serie de significantes: los alfabetos, los ritos, las señales.
El mismo método estructural que se utiliza en el análisis fonológico y lingüístico (F. Saussire, R. Jakobson = un postulado dice que la estructura de una lengua no puede describirse en la mera elaboración de un catálogo de sonidos; lo que importa son las relaciones (contrastantes) entre los mismos, aunque la mente del parlante no adquiera conciencia de dichas relaciones =) es empleado por L-Strauss para el análisis de los fenómenos relativos al parentesco, a los mitos, a la magia, en especial a las "comunidades primitivas". Hace caer en cuenta de, cómo los fonemas, los términos de parentesco son elementos de significación; significación que adquieren a condición de integrarse a un sistema. Los sistemas de parentesco, como los sistemas fonológicos, son elaborados, según la teoría estructuralista, por el espíritu humano en el plano del pensamiento inconsciente. La conclusión a la que llega el autor, luego de la aplicación del método estructuralista, respetando las diferencias de su aplicación en fonología y en antropología, es que "en otro orden de realidad los fenómenos de parentesco son fenómenos del mismo 'tipo' que los fenómenos lingüísticos" ya que existen correspondencias entre la estructura de la lengua y la del parentesco.
Mito.- El análisis estructural ha sido aplicado con frecuencia al estudio de los mitos. Para el estructuralista, la narrativa del mito es sólo vehículo de un mensaje mucho más profundo expresado en clave como conjunto de dilemas dialécticos (categóricos). Para muchas personas la muerte, como consecuencia ineluctable de la vida, es desagradable. Sin embargo, con la clave del mito, la contradicción vida - muerte puede ser mágicamente resuelta con un tercer término mediatizador. Por lo menos en un plano mítico es posible cierta forma de inmortalidad.
Los mitólogos y etnólogos, antes de L-Strauss, que se ocupaban de los fenómenos religiosos, interpretaban los mitos como una supervivencia de un estado de pensamiento pre-lógico, como el reflejo distorsionado de acontecimientos históricos acaecidos, o como la expresión de los arquetipos constitutivos del inconsciente colectivo. L-Strauss intenta hacer no sólo legibles y traducibles los mitos, sino poner de presente la singular articulación y estructura del lenguaje del mito, su especificidad dentro del amplio campo de la comunicación humana.
El pensamiento mítico, según L-Strauss, forma "primitiva" del pensamiento humano, tiene su propia lógica y reglas, que en poco se diferencian de las del pensamiento positivo y científico. No se trata, pues, como imaginan muchos, de divagaciones irracionales, fantasías de pueblos incultos o formas de sentimientos informes o enajenados. "La lógica del pensamiento mítico nos ha parecido, dice, tan exigente como aquella sobre la cual reposa el pensamiento positivo y, en el fondo, poco diferente. Porque la diferencia no consiste tanto en la cualidad de las operaciones intelectuales, cuanto en la naturaleza de las cosas sobre las que dichas operaciones rehacen. Tal vez un día descubramos que en el pensamiento mítico y el pensamiento científico opera la misma lógica y que el hombre ha pensado siempre igualmente bien. El progreso -supuesto que el término pudiera entonces aplicarse- no habría tenido como escenario la conciencia sino el mundo, un mundo donde la humanidad dotada de facultades constantes se habría encontrado, en el transcurso de su larga historia, en continua lucha con nuevos objetos"[10]
La posición de Lèvi-Strauss ayuda a comprender y analizar el mundo de la conciencia y de la ideología, sus mecanismos y estructuras, pero parece desventajoso cuando incursiona en esferas de la economía, de lo social o de la política. La dinamicidad de los procesos sociales implica, para su comprensión, un método diferente, un método que incluya tanto lo diacrónico como lo sincrónico. L-Strauss opta por la perspectiva sincrónica, pues, según su pensamiento, el valor de los signos (y el objeto de la antropología será el sistema de signos), se explica por su posición actual dentro del sistema, no por su historia anterior.


[1] Mircea Eliade, (1973), Mito y realidad. Madrid: Ediciones Guadarrama, S.A.
[2] Ver mi texto inédito “Teorías de la Antropología” para comprender mejor la idea de mitema.
[3]Hunter, David E. y Philip Whitten (1981), Enciclopedia de Antropología. Barcelona: Ediciones Bellaterra, S.A., pp. 571-573
[4]Malinowski, B., La vida sexual de los salvajes. Madrid: J. Morata, pp. xxxv-xxxvi
[5]Malinowski, Bronislaw (1995), Estudio de psicología primitiva. Barcelona: Altaya.
[6] Mircea Eliade (1973), Mito y realidad, Madrid: Ediciones Guadarrama S.A.
[7] Lévi-Strauss, Claude (1958 & 1974), Antropología estructural. Barcelona: Altaya. 1994. En especial, las páginas del capítulo XI, referidas a la “La estructura de los mitos”.
[8] Anónimo (1979), Amadís de Gaula. Buenos Aires: Editorial Losada, S.A. Ver capítulo II “Amadís sin tiempo”.
[9] M. Dannmann, M. y Munizaga, C., La antropología, Rev. Chilena de Humanidades, Santiago, No 2, 1982.
[10] Claude Lèvi-Strauss, Antropología Estructural, 2da. Ed., Siglo XX, México, 1979.

miércoles, 25 de julio de 2012

Las utopías que son los libros

LAS UTOPÍAS QUE SON LOS LIBROS



Un carácter esencial de la utopía es que jamás se determina, nunca llega a su final, no es un modo acabado de ser de la existencia. La utopía no es creación total, tiene, como la vida, condición de ser siempre inacabada, de ser siempre un esbozo, un boceto; por lo mismo abierta, mas no indeterminada, quiero decir, posible por imposible.

La utopía es un imposible que guía y da aliento para hacernos a lo posible. Concebimos lo imposible para descubrir lo que es posible, sometemos lo imposible al criterio de factibilidad. Somos prácticos en la medida en que somos capaces de trascender, mientras no caigamos en la ilusión alucinada de realizar esos órdenes fácticos, es decir, mientras no caigamos en el terreno de los totalitarismos, los universales. La utopía, por lo mismo es un complemento de la realidad dada, donde podemos discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo irreal. De aquí que el pensar utópico deba estar enlazado a un marco referencial que haga del presente un algo inteligible, comprensible, interpretable.

La realidad es parcial, chata o plana. La construcción utópica, en cambio hace de la realidad una tormenta, un sacudimiento y rescata de esta realidad lo que considera deseable, rescata sus potencialidades y le prodiga al universo social y cultural otros horizontes de sentido para la acción. Y como las utopías son horizontes de posibilidades, estos horizontes deben ser deseables mas no durables, es decir, no lugares estáticos, inalterables, clausurados.

Nos hemos acostumbrado a utopías que no tienen voluntad de libertad ciudadana, que nos muestran en un grado o en otro, la fuerza de una ley o unos códigos morales que constriñen lo ciudadano, utopías que coartan desplazamientos especiales, la organización de nuestro trabajo y hasta administran nuestra sexualidad. Estos modelos de sociedad para durar han ejercido coerción sobre todo aquello que amenaza su estabilidad, han requerido de un acontecer totalitario que haga coincidir la voluntad de la mayoría con el establecimiento, los deseos individuales con los reglamentos de las instituciones públicas. Ha sido precisamente esta compulsión de conciliación la que ha llevado a estas utopías a ser cerradas, herméticas, sistemas ideales rigurosos en sus condicionamientos disciplinarios que, finalmente, terminan convirtiéndose en dogmas, olvidan sus escalas de imposibilidad. Tales utopías, milenaristas, fundamentalistas, excluyentes, limitan la creación y recreación de alternativas; en su base son eficientes, pero inmovilizan o niegan que la necesidad de libertad necesite ser siempre realizada. Así, pues, lo que se necesita son utopías que se formulen permanentemente al interior de las culturas, las sociedades, los gobiernos, sin que se tornen ineficaces, impotentes y excluyentes; utopías que se nos vuelvan permanencia de horizontes orientadores, horizontes que expresen nuestros deseos colectivos por un orden colectivo. Un modo de otorgar sentido, sí, pero que a la vez ponga sobre el terreno contenidos susceptibles de realizarse. En fin, utopías que indaguen por el cómo y no por el por qué ni para qué. El cómo siempre estará abierto, susceptible de ser invariablemente terreno inacabado; el por qué y el para qué indagan por orígenes y finalidades no siempre despejados.

Ahora bien, los libros son igualmente utopías, lugares otros que, aunque no existen en la realidad real, hacen parte entrañable de nuestros juegos de vida, de nuestros mundos posibles, pues se articulan con lo cotidiano, con la realidad inscrita en lo cotidiano, sin sobredeterminar el horizonte de posibilidad, sin ir más allá, al lugar de la metafísica. Lugares poblados de sentido con proyectos o mundo acabados en su circularidad expansiva, o inacabados en su construcción continua. De este modo, cada libro es un círculo que se ensancha y obliga a nuevos sentidos, él mismo un sentido sin terminar de serlo, un círculo que, desde su periferia, da sentido al centro y viceversa. El libro es lugar en el cual no es posible la abulia, donde no cabe el derrotismo, en el que no hay territorio para la angustia de los mundos acabados. Es difícil comprender una obra escrita como un relato acabado, cerrado, atrincherado en lo particular o en identidades culturales estáticas. Podemos no encontrar en los libros lugares para detener las crisis de nuestro ser, de nuestra sociedad, sin embargo estos estremecimientos narrativos remecen el escepticismo gregario y desesperanzado con sus propuestas utópicas.

Aunque, por definición, la utopía tenga un carácter de imposibilidad, un modo de no estar en ninguna parte, un imposible real, un hecho cuya presencia se define por su ausencia, es capaz, no hay duda, de abrir claros en la maraña de la confusión, es capaz de desenmascarar la irracionalidad. Una constante en la construcción utópica, es que supone siempre una crítica, un cuestionamiento del orden. Las utopías que son los libros exaltan el conocimiento, los más altos escalones de la cultura, contienen la memoria cognoscitiva dada por la historia, sin dejar de cuestionar al mismo tiempo el orden existente. La memoria contenida en estos, aunque utópica, nos permite soñar salidas en esta sociedad atormentada por la violencia, el ejercicio del poder para negar al otro, la búsqueda del dinero fácil; así, ¿por qué no volcarnos sobre las utopías en y de los libros, aunque sólo sea para caminar y regodearnos con paisajes intelectuales, aunque sólo sea para tener más sed?

viernes, 7 de mayo de 2010

Las violencias de nuestra modernidad

LAS VIOLENCIAS DE NUESTRA MODERNIDAD



Jairo Restrepo Galeano•


Centrismos de nuestro racionalismo


Se empezó por separar al hombre de la naturaleza y por hacer de él un reino soberano: se creía así borrar su carácter más irrecusable, el de ser, ante todo, un ser vivo. Y al cerrar los ojos a esta propiedad común se dió vía libre a todos los abusos. Nunca mejor que al cabo de los cuatro últimos siglos de su historia puede el hombre occidental comprender que, al arrogarse el derecho de separar radicalmente la humanidad de la animalidad, concediendo a un lado lo que le quitaba a la obra, abría un ciclo maldito, y que la misma barrera (…) serviría para separar a unos hombres de otros, y reivindicar, en beneficio de unas minorías cada vez más restringidas, el privilegio de un humanismo corrompido al nacer, por haber hecho del amor propio su principio y noción. (Claude Lévi-Strauss, Presencia de Rousseau. Buenos Aires, Nueva Visión, 1972)


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El hombre de la modernidad, especialmente el ubicadado en Occidente, cuyos núcleos son Europa y Estados Unidos, ha generado unos marcos conceptuales con pretensiones universalistas que han llevado, en su práctica, a negar las diferencias y sus mecanismos de construcción de conocimiento. El argumento para la negación del otro y lo otro es que no poseen la misma lógica, los mismos métodos y las mismas razones de Occidente.

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Esta racionalidad, abierta por los avatares de la historia, ha devenido hasta hoy en el predominio de que, "si yo tengo la razón, y tú no la compartes, eres mi enemigo". Todo nuestro empeño se ha volcado en demostrar la validez absoluta de lo propio como razón objetiva, en donde implícitamente la valía del otro nos es ajena. Este monólogo ha devenido en monopolio de la razón de quienes detentan el poder. Es decir, hemos desembocado en centrismos excluyentes, negadores de la diferencia. Esta negación del otro y lo otro trae aparejada violencia, el exterminio de quien se opone.

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Todo centrismo parece evitar construir puentes entre culturas, grupos e individuos, por lo que trasgrede la diferencia constructiva y dinámica. La modernidad, con su pretensión de expresar un discurso único, ha sido, en consecuencia, un factor generador de violencia. Su ideal de discurso único, universal, ha negado otras expresiones en el pensamiento, que no poseen su propia dinámica de construcción de conocimiento. Hoy, este pensamiento único se concreta en la ideología neoliberal que defiende una teoría de consenso racional que permite alcanzar el mejor modo de vida posible a toda la humanidad, como los fundamentalismos ideológicos que niegan lo alcanzado por la misma modernidad en la autonomía del sujeto por temor a la individualidad.

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El hombre es razón, está constituido por esta y su racionalidad está dada por su capacidad específica e irreductible de conocer el mundo, comprenderse a sí mismo y al otro. Pero su racionalidad particular no debe ser creida como universal, como contrapuesta al otro o lo otro. Cuando se plantea a la razón como portadora de esencia y universalidad lo que deviene son posturas esquizoides que en nada mejoran nuestras relaciones interpersonales y grupales.


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El cambio de visión del hombre de una imagen cualificada, por una imagen cuantitativa, medible, positiva, cuyo ideal científico se centra en la naturaleza, trae como consecuencia la pérdida de la noción del hombre mismo como factor de comprensión de la naturaleza, con la consecuente pérdida de los sentimientos, la poca valoración de los afectos, la caridad, la tolerancia, la benevolencia, la solidaridad, la piedad y la hospitalidad, como nunca antes se ha dado. Trabajar la conciencia de esta historia y el proyecto que ha venido orientado, es el objeto de estas líneas.

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Se intenta plantear una revisión de la concepción racionalista del hombre en el desarrollo del pensamiento, especialmente el occidental, ateniendonos a las concepciones de algunos pensadores, tanto del pasado como del presente, sobre la necesidad de establecer una relación adecuada entre el sí mismo y el otro u lo otro. En particular se rastrea el surgimiento del racionalismo a partir de la modernidad, generador de centrismo, luego se asume una actitud crítica hacia el mismo, para, finalmente, proponer algunas reflexiones prácticas con el fin de superar centrismos subyacentes en el mundo de hoy.


El Iluminismo

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Desde el punto de vista epistemológico el racionalismo defiende la primacía de la razón en la construcción del conocimiento humano. Es decir, corresponde a la razón humana la tarea de formular los principios del conocimiento. La primacía de esta razón no permite que ella esté subordinada a formas extraracionales del conocimiento, como por ejemplo la fe, los sentimientos, las intuiciones, los impulsos, etc. Este tipo de racionalismo nace en la Grecia clásica cuando se busca un saber racional (logos) que se desprenda del pensamiento mítico. En el mundo moderno, es decir, desde la perspectiva iluminista, la razón es lo primero en la construcción del conocimiento, es un logro del hombre moderno sobre la estructura medieval del saber.

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Lo novedoso en la modernidad, frente a la tradición medieval, "radica en poner el acento en la autonomía de la razón, en dos sentidos: en que la razón tiene sus propias reglas, y en que la razón debe considerarse y analizarse a sí misma sin mediaciones externas a su perímetro y utilizando como vía de acceso una peculiaridad que le es propia y exclusiva, la autoconciencia" (Muñoz y Velarde: 2000).Se parte, pues, de la razón para conocer la razón como fuente de conocimiento.

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Desde la perspectiva del iluminista la mente del hombre se entiende como racional y científica, igualmente vinculante de la época, el lugar, la cultura, la raza, el deseo personal o el patrimonio individual; en este sentido la razón se toma como estándar universal para juzgar la validez y el mérito.

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"Unidad", "uniformidad" es lo dominante en el Iluminismo. Unidad como respeto por la autoridad de la razón y la evidencia; uniformidad en lo conclusivo, en lo sustancial acerca de cómo vivir y en qué creer. Hay, entonces, un deseo por descubrir universales: la ley natural, la estructura profunda, la noción de progreso o el desarrollo y la imagen de la historia como una pugna entre la razón, la ciencia y las supersticiones.

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Para los iluministas todos los pueblos orientan sus vidas por la razón y la evidencia; de alguna manera poseen un conocimiento empírico sobre cómo son las cosas y qué causa qué; adaptan su conducta a las demandas del paisaje; ponen empeño en hacer que sus prácticas y creencias sean coherentes y estables; es más, persiguen metas racionales-científicas asumiendo actividades como reunir información, hacer predicciones, explicar y desarrollar deducciones e incluso construir marcos conceptuales explicativos; sin embargo, para los iluministas, hay mentalidades que no lo hacen bien. Antropólogos como Frazer y Taylor, al distinguir lo "moderno" de lo "primitivo", señalan que éstos, aunque respetan la razón y la evidencia, fracasan en la aplicación de los cánones apropiados de la lógica, de la ciencia experimental, de aquí su proclividad al pensamiento mágico.

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El iluminista se inclina ante la razón y la evidencia, cree que los dictados de aquellas son los mismos para todos. "Por 'razon' las figuras del iluminismo tienen en mente cánones de lógica deductiva, patrones de razonamiento hipotético, pensamiento guiado por principios de inferencia estadística y de lógica experimental, etc. Por 'evidencia' tienen en mente percepción de los sentidos y la observación de conexiones regulares entre las cosas". (Sheweder: 2003)

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El pensamiento del iluminismo dota a la razón de un sentido crítico y científico, con la idea de amancipar al hombre. Esta dimensión objetiva y subjetiva, a la postre, deviene en predominio del objetivismo en donde el sujeto se torna abstracto, trascendental, cuyas posibilidades quedan definidas por el conjunto de las formas, postulados e imperativos a priori y universales de la razón (Kant); o la razón trasciende de tal manera que ya no corresponde a la razón concreta sino absoluta (Hegel), de modo que lo que deviene es una razón totalitaria y totalitarista. La subjetividad queda entonces sumergida en estructuras socioculturales que, si bien, corresponden a una época, a un contexto, se apropia de mecanismos comunes a todo entendimiento, es decir, quiere ser universal. En este ámbito, la razón objetiva abandona al hombre, es una razón puesta fuera de éste, en el cosmos, en la naturaleza, en un orden físico o metafísico, y desde allí determina al sujeto. El resultado, el hombre deviene en ilusión.

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En la pugna entre la objetividad metafísica y la empírica ha ganado el positivismo, aunque ambas descansan en el mismo fundamento. Conceptos como esencia, sustancia, naturaleza, idea poseen su correlato en las leyes de la naturaleza; en conceptos más recientes como sistema y estructura se da esta correlación. La esfera de la razón en este pensamiento engloba en sí el mundo de los juicios de hecho y relega los juicios de valor al cuarto de lo irracional. Los avances de la ciencia en su aplicación tecnológica, le da prestigio de tal modo que su saber se institucionaliza fuera del hombre.

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Cuando la razón se alía con la técnica, lo importante es el hecho empírico, disciplinado por el rigor matemático; en esta correlación entre razón y experiencia, en este circuito, todo lo que escapa de este es tachado de ideología. Lo racional, lo real es el dato, este es el orden objetivo de las cosas, y el hombre aquí no es más que un dato más. El sujeto es apariencia de cierta clase de objeto; carece de legalidad propia, tan instrumentalizable como cualquier cosa; la racionalidad no es la del sujeto sino la del sistema. Razón formal, instrumental, valorada por su grado de operatividad, materializada en intereses prácticos de la producción mercantil (rentabilidad) lejana ya de las necesidades de los individuos y de los grupos. Esta razón moderna constituye al sujeto en algo que corresponde al mero dato, a mera cosa, es desir, disuelve al sujeto en estructuras deterministas donde no caben otras opciones. Este modo de cosificar al hombre, de objetivizarlo ha devenido en la negación violenta del otro, de lo otro.

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La esfera de los valores, de los sentimientos, etc., no son más que residuos ideológicos que son necesarios depurar con el fin de dar paso a verdaderas teorías científicas; se da, entonces, una obediencia a la estructura definida teóricamente, en tanto que a la páxis sólo le queda conocer las estructuras y adaptarse a ellas, con lo que se obedece a un orden de hechos y leyes independientes del hombre. Esta función teórica, disociada del acontecer humano, se desliza hacia un dogmatismo que menosprecia los fines humanos por ideológicos. Una teoría habla a otra teoría sin que quede lugar para un quien y un qué. El sistema, la estructura, son autosuficientes, pues sustituyen a la realidad.

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He aquí como esta razón centrista, fundante, que se atribuye a sí misma la juridicción de la realidad, el derecho de dominio (el "conocer para dominar" de Descartes), invalida el derecho a la existencia de lo que no se ajusta a su dictamen, de modo que asume la misión de ser portadora de la verdad, del fundamento con lo cual razionaliza su totalitarismo que arrastra consigo prejuicio y perjuicio que prejuzga y perjudica al otro.

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En la modernidad, la imagen occidental del hombre se redefine desde la "razón" cartesiana plasmada en el "yo pienso" que no es más que "la razón soy yo" (igualmente la mónada leibniziana, el yo trascendental u ontológico de los idealistas), esto ha permitido aniquilar a otras culturas por no poseer el mismo pensamiento occidental; se redefine por un capitalismo explotador de las mayorías y minorías nacionales o las periféricas (etiquetadas ahora como subdesarrolladas) en donde el desarrollo es por antonomacia racional. Según esta tradición la imagen del hombre se identifica con la propia del individuo, centrada en él mismo, autocéntrica, con pretensión de universalidad. De aquí que si los otros, los subdesarrollados, no razonan conforme a la necesidad universal se les debe considerar inferiores: en consecuencia, es legítimo imponerles los intereses prácticos de Occidente, con el argumento de que es para su propio bien. La ceguera en este caso es que no se mira al otro para descifrarlo, comprenderlo sino para simplificarlo o banalizarlo. Occidente no los asume en toda su complejidad, sino que los ubica en esquemas, como cuestiones exóticas, folclorizados, que no llevan más que a distanciamientos.

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Este esquema racional de dominación es el que se aplica en nuestras relaciones con otros grupos humanos. El dominio de un grupo sobre otro, o la pretendida concepción de que la verdad es un hecho concretamente ineludible de buscar y encontrar, permea el comportamiento que se asume frente a los otros. En este caso los contactos con los otros se forjan en virtud de relaciones desiguales: campos de exterminio nazis, gulags soviéticos, carrera armamentista, terrorismos guerrilleros y paramilitares, control sobre la publicidad y la información, etc.

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Este racionalismo centrista, con todo su aparato de control y coacción, en vez de facilitar la comprensión entre los hombres, infunde terror, y no sólo esto sino que lo ejerce a través de un terrorismo institucional o de protesta. Hay un bandolerismo ideológico que pasa por encima del otro, que somete al otro, que lo niega a nombre de una idea que cree racional y por racional justa, por justa verdadera y por verdadera totalitaria, todo a nombre de un monoplio excluyente, bajo la bandera mesiánica del signo que sea donde se excluye la alteridad

Consecuencias de una lógica perversa

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Todo es racional, en todo hay racionalidad y lo racional es aquello que está estructurado según un orden interno susceptible de ser analizado e interpretado; como tal, se debe aceptar que en la misma racionalidad hay tanto orden como desorden, aceptar que hay distintas racionalidades. De modo que aducir que un hombre es racional y otro no, entraña un juicio de valor desde la racionalidad del que juzga, con respecto a sus propios esquemas.Frente a lo anterior, debemos pertrecharnos de una conciencia crítica que rechace cualquier tipo de cosificación en los logros humanos; conciencia crítica alerta ante cualquier reificación de tal o cual imagen del hombre; corresponde a esta conciencia crítica ejercer su función iconoclasta que permita cuestionar y trascender todo centrismo, lo que exige un descentramiento de la mirada, el reconocimiento de nuestra propia relatividad. La conciencia crítica, sin olvidar su enclave concreto, rechaza el univeralismo monocéntrico (totalitario, por lo demás) y se acoge a un universalismo que tiene su existencia en el policentrismo, plural, intotalizable, de modo que sabe que el centro está en todas partes. Cada hombre, cada grupo humano un centro, un proyecto que nunca termina, como el tejido de Penélope, como Sísifo empujando la roca hacia la cumbre de la colina.

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Etnicismos, integrismos, fundamentalismos, nacionalismos, ideologismos, centrismos, harina del mismo costal; ponen demasiado énfasis en la pertinencia de un pueblo, de una etnia, de un territorio, de una idea, de un marco conceptual, lo que los lleva a actuar de manera incompatible con otros grupos humanos. Desde estos ismos se piensa en homogeneidades fuertementemente excluyentes, sin tener en cuenta la existencia de pensamientos alternos o sociedades mestizas. La excesiva importancia de estos ismos a las raíces, a la tradición, a los conceptos universalistas, son peligrosos. Fantasmas como las dictaduras de izquierda como de derecha, tratando de conjurar integrismos, caen igualmente en lo mismo, se corren hacia mentalidades que excluyen. Por oponerse a la globalización, por ejemplo, el cosmopolitismo individualista, llega a la complacencia por ideas excluyentes.

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Es necesario comprender que las diferencias entre grupos humanos son el resultado de la cultura y no de la raza ni de la herencia biológica ni de presupuestos universales. En muchas circunstancias históricas, grupos que han tenido el poder lo han utilizado con criterio descalificador para justificar sus comportamienos, su permanencia en los privilegios o preservar sus posiciones sociales. Estos grupos dominantes han declarado que quienes no tienen el poder son biológicamente inferiores. Crean, entonces, una ideología cuyos argumentos sugieren que la inferioridad social y las presuntas carencias (en inteligencia, habilidades, carácter o atractivo) son inmutables, transmitidas de generación en generación; estas ideologías defienden la estratificación como natural duradera e inevitable. Las creencias en la inferioridad con base ideológica son simplemente argumentos para negar la diferencia. No tienen en cuenta que la diferecnia se debe buscar por el lado de la cultura, lo político, lo ideológico. Aún se propaga, equivocadamente, la creencia de que las diferencias (desgracias, pobreza, etc.) son falta de capacidades biológicas o de inteligencia (pruebas de inteligencia que miden invariablemente las historias particulares del aprendizaje, no el potencial para aprender). Es claro que todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y que las caracterísitcas biológicas, esenciales a la vida humana, son comunes a todos. El ser humano, de cualquier parte del mundo, puede adoptar los patrones culturales y de conducta de cualquier grupo en el que le toque nacer.

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En esta misma racionalidad nos movemos cuando expresamos nuestros puntos de vista ordinarios, igual cuando políticos trazan programas y estrategias, incluso alguno dicursos de científicos. De modo que poseemos una imagen del hombre fuertemente distorsionada; de miope mirada como de distorcionadas teorías. Imagen distorsionada que se concreta en el prejuicio. Prejuiciar es minusvalorar (mirar por encima del hombro) a otros por sus comportamientos, valores, capacidades o atributos que asume. Prejuicios que se sostienen en estereotipos que aplicamos a otros. Los prejuicios asumen que los miembros de un grupo actuarán como "se supone deben actuar" (de acuerdo con el estereotipo) e interpretan una amplia gama de comportamientos como evidencias del estereotipo. Se utilizan comportamientos para confirmar estereotipos (la baja opinión) del grupo.

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Manejar asuntos desde esquemas mentales, de acuerdo con situaciones de ubicación, de contexto de práctica como desde teorías, al referirnos a otros (al forastero, al vecino, al gay, etc.), se distorsiona la percepción de ese otro, pues se vive localmente enclavado en un territorio, tanto cognitivo como espacial. Estos enclaves asumen el privilegios de producir una valoración según la sensibilidad connatural, una proyección de las propias experiencias y conflictos.

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Hay territorios en los que la simple presencia de un extraño, vestido de manera poco convencional según reglas tácitas establecidas, desencadenan rechazo, maledicencia. En este comportamiento hay miedo a lo distinto. La gente se tranquiliza cuando el entorno percibido responde al esquema que previamente se tiene sobre las cosas, las situaciones. Si lo nuevo no coincide con las expectativas que se tienen, es considerado hostil, con el consiguiente desencadenamiento de los mecanismos defensivos. Aquí el problema consiste en determinar dónde están los límites en los cuales ese rechazo a lo distinto termina de ser útil y comienza a ser contraproducente: esclavización, alienación, etc.

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Numerosos son los grupos socioculturales y cada uno se caracteriza por su tradición cultural, sin embargo la especie humana es una. Las diferencias estriban en la cultura para reconocerse a sí mismas al tiempo que dejan de reconocerse en las otras, de modo que el molde es la propia cultura. La sociedad y la cultura nos han equipado para ser etnocéntricos, es decir, a ver las cosas desde el punto de vista de los patrones culturales propios, a valorar según la cultura lo indica, a ver el significado de la vida en los propios fines definidos culturalmente en el ceno de la misma cultura. Es una constante considerar la cultura propia como superior, a ubicar al otro en el lugar menos humano que la cultura que valora.

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En distinto grado, todas las sociedades son etnocéntricas. Todo el empeño en la historia, ha sido el de mostrar la validez de la razón de un grupo sobre otro; razón objetiva como subjetiva con el consiguiente entramado de que implícita como explícitamente se invalida la razón del otro. Se toleran las creencias de los otros por conveniencia; o se busca imponer prácticas a otros pueblos porque el argumento que se tiene es la de poseer una superior tecnología (militar o industrial) dado que desde la cultura que domina abunda en bienes de consumo, y porque sabe desear.

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Similar al etnocentrismo hay otras estructuras de pensamiento y comportamiento como el nacionalismo (socio centrismo de nación), el clasismo (socio centrismo de clase social) y el racismo (socio centrismo de "raza"). Entre estos hay isomorfismo: el grupo exterior, el otro, es diferente, diferencia que se capta desde la propia lente.

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En consecuencia con lo anterior, la sociedad Occidental ha elaborado toda una nomenclatura ideológica, epítetos descalificadores con los que ve la diferencia: el bárbaro según el mundo griego y romano, el pagano que necesita ser bautizado según el cristiano de la Edad Media, el infiel musulmán; los colonizadores de la modernidad han inventado el salvaje y, finalmente, al subdesarrollado según el marco de la economía neoliberal. Siempre el otro como imagen deficitaria, que necesita ser tratado desde su minusvalía.

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En el hablar de países en "vía de desarrollo" subyace una valoración superior de un modelo socioeconómico exterior, aún no alcanzado, entraña, de alguna manera, un prejuicio etnocéntrico directo; de forma indirecta esta valoración superior se da cuando se elogia al grupo ajeno, pero asemejándolo al propio grupo (la intención es reconocer en el otro, en su arte, en su organización, etc., rasgos coincidentes con los del grupo que valora).

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Cada identidad responde a un problema distinto de conocimiento, de acceder al mundo para comprenderlo y explicarlo si es el caso. Es imposible que alguien reconozca al otro si antes no lo ha conocido. Igualmente quien no reconoce los derechos del otro a ser diferente sólo conoce en este los resortes para borrar la diferencia, dominarlo y destruirlo en su identidad.

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Los centrismos no han sido más que lugares para encubrir o legitimar la guerra entre grupos o individuos, desde los conflictos personales e intertribales hasta las conflagraciones internacionales, donde no se reconoce al otro como congénere, y antes que nada como ser vivo; se sobrevalora la disparidad sociocultural sobre todo lo demás. La sociedad centrista se resuelve, pues, en un monólogo, acaba hablando consigo mismo, pues los interlocutores son vistos como ausentes, o invisibles. Se ha perdido la razón como discurso compartido, como la palabra que armoniza las relaciones socioculturales. Se abandona el terreno en el cual la razón se expresa con la palabra para entrar en un juego de violentos enfrentamientos. En el diálogo compartido los interlocutores renuncian a la violencia, oponen sus discursos, argumentan para apropiarse de una razón discursiva capaz de establecer acuerdos. Entender esto es saber que no hay una razón, sino razones, pluralidad de razones, particulares, parciales que dialogan para lograr acuerdos en el que es posible el reconocimiento de las partes.

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Todo no es más que invención. Lo que se imagina se acepta como verdadero, sin poder ser demostrado. Para nuestras invenciones hemos recurrido a las metáforas, a las alegorías, a la exageración, y esto está bien, pues las metáforas ayudan a procesar lo improcesable. La cuestión está cuando empezamos a creer en las metáforas que se han creado.

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Se manejan expresiones que se ubican entre "lo verdadero y lo falso", que deviene en lenguaje que usa el poder, que usa lo político, en una necesidad de ubicar el discurso entre "el amigo y el enemigo". Los regímenes que se fundan en la idea "o esto o eso", son regímenes disyuntivos; la modernidad ha estado involucrada en esto. El lenguaje de esta oposición suele ser agresivo, causa heridas. Un espacio de pensamiento en estos términos es hegemónico en su forma de pensar, niega y excluye al otro.

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Es evidente, en las discursividades no se hace más que componer implícitos como hipótesis, teorías, ideologías subyacentes, lo cual condiciona. Implícitos que vienen a ser los ojos con los cuales se mira. Centrada la mirada se privilegian los implícitos, de tal modo que se distorsiona la cognición. El enfoque de la mirada implica ya cierta valoración positiva o negativa. Valoración que afecta cada etapa del conocimiento.

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Se ha dado un logocentrismo que aplasta toda razón diferente, que fundamenta su libertad con la esclavitud o dominio sobre el otro con supuestos universales. Se somete a procesos de conquista, esclavitud, manipulación política, invasión cultural. Dominación sobre la naturaleza, la cultura, los pueblos, todo a nombre de una razón fundada que se atribuye a sí misma la jurisdicción sobre la realidad, el derecho de dominio. Se conoce para dominar. Razón cartesiana: pienso luego domino. Razón que invalida lo que no se ajusta a su dictamen, No hay razón para la autonomía que se asienta en la diferencia. Práctica que prejuzga.


Entre Protágoras y Platón

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Dado lo anterior la modernidad se ha embarcado en la siguiente dualidad excluyente: Protágoras dice: "El hombre es la medida de todas las cosas". Por su parte Platón: "Dios es la medida"; por esta misma vía el Dios cristiano deviene inmanente en el Verbum: la verdad invisible se revela al hombre por medio del verbo. Tal parece que la modernidad se ubica más en el paradigma platónico-cristiano. Nuestra realidad centrista ha sido ordenada a partir del mundo ideal, esto ha conducido a una racionalidad aristocratizante

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Protágoras se centra en el atomismo de la physis, en las cuestiones de la ordenación de la vida práctica; es un atenerse sólo a lo que puede ser medido y ordenado desde la finitud de nuestras vidas. Lo accesible a nosotros. La vida ordenada desde la physis se dá a partir de lo que los individuos perciben y en esto juega un papel importante el sentido común. Es decir, que de lo que aquí se trata, es de darle impulso al desarrollo de la experiencia personal. La verdad en este caso se construye; la verdad se da a partir de los resultados de esta construcción.

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Ordenar una vida humana mediante referencias a una realidad no humana, es decir, a un paradigma de verdad suprahumano trae aparejados la norma, la idea de proceso, la necesidad de un código universal, de naturaleza humana. Es como una necesidad de controlar el azar desde la idea de una ley inexorable, reguladora y descriptiva, es una búsqueda de juicios trascendentes.

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En lo que sigue a continuación se trata de darle sentido a la idea de Protágoras. Para ello se sigue a Ulrich Beck y a Richard Rorty.

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Evidentemente se necesitan dicotomías inclusivas y no excluyentes. Cuando el pensar se desprende de la disyunción bien-malo, " o esto o eso" o "lo verdadero y falso", se logra comprender mejor lo que va de la "certeza" a la "verdad". La certeza entendida como la postura de poseer lo único; la verdad entendida como el lugar de la incertidumbre. Nótese que en la certeza está ausente la duda; en la verdad, por el contrario, habita la duda. La verdad debe ganarse su atributo de vericidad. Así, en la verdad la duda libera una actividad que se debe confirmar -'probar'- a sí misma (Beck: 1998). Una vez se deja de pensar en disyunciones, en esa pugna por ser lo uno o lo otro, ya no hay terreno para pensar en universalismos excluyentes ni en relativismos conclusivos. Puestos a elegir entre universalismo y contextualismo (relativismo), "o esto o eso", el sentido deriva más bién en buscar diferencias inclusivas, usando la conjunción copulativa "y". Beck, para suprimir esta dicotomía propone un universalismo contextual."El universalismo contextual parte de una contracircunstancia de que la no injerencia es imposible; en efecto, significa precisamente que estamos viviendo en la era de la homogeneidad, y en una era global. Todos los intentos de mantenernos al margen y refugiarnos en la idea de mundos separados son grotescos, son de una comicidad involuntaria. El mundo es la caricatura de una (no-)conversación, de unos que hablan con otros condenados irrevocablemente a no entenderse…"; más adelante agrega: "El principio del universalismo contextual afirma lo siguiente: no hay manera de escapar de la intranquilidad de la recíproca injerencia de las incertidumbres que se excluyen. En qué medida son o no son posibles, necesarios, absurdos -o todo a la vez- los cambios de perspectiva, las conversaciones, el hablar sin entenderse, las risas y los conflictos, es algo que sigo sabiendo sólo después de haber intentado dar el paso. La diferencia esencial no es, por tanto, que allí se niegue dicho paso y aquí se proponga, sino que allí dicho paso se excluye, mientras que aquí se aboga por la irrenunciable experiencia del intento (Beck: 1998); es decir, los intercambios de perspectiva como los argumentos esgrimidos no tienen sentido si no son experimentados, si no tienen experiencia. El universalismo contextual, en este caso, abre sus santuarios para que otros los experimenten sometan a la crítica. Beck se pregunra: ¿Cómo "aprender a reirme de mis santuarios en mi paso por los santuarios de los demás?". Termina diciendo: "El primer intento de diferenciación inclusiva desemboca en integrar lo contextual directamente en el contexto de lo universal. Con ello deviene caduca la disyuntiva 'o bien existe un universalismo o bien no existe ningún universalismo'. Pero queda también que exista mi universalismo y tu universalismo, que haya muchos universalismos -universalismos plurales-. Así mismo, al atacar el carácter del universalismo estamos reconociendo que no existe ninguna disyuntiva, sino la autolimitación de mis santuarios, lo que a su vez suscita la cuestión de los universalismos ajenos" (Beck: 1998).

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Es de decir, que una vez no hay dicotomías excluyentes, la relación realidad pensamiento, "adaptación-representación" adquiere un nuevo sentido. En este caso siguiendo a Richard Rorty, cuando piensa al conocimiento como "adaptación" y no como "representación", el conocimiento no capta la realidad en sí sino en la manera de adquirir hábitos para hacerle frente. La pretención de preguntarnos si "existe realmente aquello sobre lo que hablamos", para Rorty es equivocada. Lo mejor es preguntar: "¿Hay otras creencias que debamos tener?" Con esta pregunta ya no hay representación entre lenguaje y mundo como una relación causal. Aquí la causa de una oración es múltiple, pues los "hechos" son híbridos; y no la relación de una oración y su verdad en relación con el hecho en sí. Uno lo que hace aquí, cuando el lenguaje ya no es la representación, es apelar a otras ideas con las que comparar las propias, examinar sus encajes entre sí y con los relatos que deseamos referir.

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Una vez ya no hay representaciones• el hombre se olvida de lo trascendental e igualmente del sociolingüismo. Lo que significa entonces que ni el pensamiento ni el lenguaje son causa de la determinación de la realidad. La realidad es causalmente independiente de las creencias. Debemos, pues, renunciar a la idea de que hay un conocimiento de objetos previo al objeto mismo, a la teoría, y lo mismo que haya objetos constituidos por el lenguaje y otros no. La realidad no está determinada. Para Rorty no hay pruebas independientes (externas a la teoría y a la comunidad) que permitan dilucidar si una representación es exacta. Por lo mismo las ciencias versan "acerca de". Tradicionalmente se ha pensado que la ciencia y la racionalidad exigían atenerse a contextos previos, intrínsecamente privilegiados, mientras ámbitos como las artes podían modificarlos. De modo, que, según Rorty, no hay contextos y modos descriptivos privilegiados.

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La realidad se construye, no tiene una naturaleza intrínseca, mediante construcciones sociohistóricas (cómo los pueblos han buscado acuerdos sobre el objeto de las creencias). Esto significa que la 'verdad' es lo alcanzado en un encuentro humano libre. Las creencias que consideramos justificadas actualmente, por encajar mejor con las realidades pretendidas por los seres humanos, vienen a ser las que se sostienen para el el sustento del orden. La conducta de los demás es mínimamente razonable, y no debe ser trascendida para buscar criterios explícitos de racionalidad natural. Lo verdadero es diferente en sociedades diferentes. De lo que se trata es de tejer y retejer creencias. No hay una racionalidad transcultural desde las que comparar culturas.

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Pero, ¿en qué consiste la racionalidad? Lo primero a decir aquí es que la racionalidad, su método, es viable en un campo, en otros no. Para llegar a una racionalidad viable sólo disponemos de diálogos falibles. Si hay criterios y principios generales, poseidos explícitamente, deben revisarse permanentemente desde los resultados de su aplicación. Los resultados son los propios generadores de estos principios racionales y no al revés, pues es de estos resultados que se sabe qué principios seguir, no antes. En humanidades hemos visto que los resultados no han sido los más viables cuando se sustenta la racionalidad en juicios científicos duros frente a lo blando que es lo humano, aún la violencia de los cetrismos impera. La dureza de las afirmaciones científicas procede de los acuerdos acerca del funcionamiento del juego. La misma dureza pueden poseer los principios éticos, pues también se seleccionan reglas adecuadas por poseer comunidad de interés de cara a los fines perseguidos. Los saberes se deben diferenciar por los intereses que persiguen y no por el estatus cognitivo que vendría determinado por la intensionalidad del objeto (que sugiere cómo deben ser descritos para ser descritos). La propuesta de Rorty, acerca de la racionalidad, es entenderla como expresión de virtudes morales: tolerancia, respeto, disposición a la escucha, persuación. Esto, claro está, teniendo en cuenta la diferencia entre conocimiento y opinión•, entre hechos blandos y hechos duros. De lo que se trata es del talante persuasivo y antidogmático frente a su contrario. Parménides lo dice así: "Lo ente es, lo no ente no es la vía de la Persuación". Aquí lo que hay es un rechazo de toda noción teleológica de progreso, progreso entendido como meta que nos espera fuera de la comunidad, sino, progreso como interpretación del pasado. La ciencia, en este caso es un modelo de persuación y de solidaridad humana.

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La idea platónica, cristiana e ilustrada nos está desbarajustando la convivencia entre comunidad y personas con ese raciocinio de que existe algo ahistórico, común a los seres humanos que los dota de dignidad. Para Rorty lo que se hace necesario es una justificación pragmática de los hábitos y valores tomados como criterio de racionalidad para justificarnos ante quienes creemos necesario hacerlo. Dicho de otro modo, la democracia liberal (hábitos y valores) no precisa de justificación filosófica alguna (más bien crea una filosofía adaptada a ella), y que la concepción del "yo" que más le conviene es la que lo considera constituido por la comunidad, frente a la concepción ilustrada (Galindo: 1999). Es decir, que es preciso liberarnos de la ilusión del yo, de las distorsiones de los centrismos, individuales o colectivos. Es necesario liberarnos de ese yo racional (carteciano) que encubre los etnocentrismos de la razón. Pensar que ese "yo pienso", no es la primera certeza sino la primera duda que plantear. "Soy yo quien piensa? , ¿acaso un él que se piensa en mí?

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Para Rorty, en últimas, "Carece de sentido preguntarnos por la esencia de las cosas para descubrir en ella la presencia de derechos inalienables que después intentamos plasmar políticamente. El camino es justamente al revés… Hoy no se precisan teorías sobre la naturaleza humana para justificar nuestros hábitos de justicia y libertad, cuya prioridad para nosotros es ya justificación. Dicho de otro modo, la política no requiere fundamentos extrapolíticos, filosóficos; le basta el acuerdo entre ciudadanos, su deseo" (Galindo: 1999).

Lo mínimo que hacer

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Una vez entendido que no hay universales, esencias, puntos nodales desde los cuales construir convivencia, de hacer política, de entender éticamente nuestros modos percibir y hacer vida, ¿qué hacer como mínimo? Lo que viene a continuación no pretende ser reglas únicas, ni métodos para construir felicidad en las relaciones; sencillamente vienen a ser un cuerpo de nociones, que no opiniones, con las cuales ordenar un poco nuestra necesidad de desprendernos del garrote para darnos a comprender unos con otros. Tomo en consideración criterios de varios autores.


Noción de piedad

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Según, Lèvi-Strauss, se hace necesaria la piedad• que "surge de la identificación con un prójimo que no es pariente ni allegado, ni compatriota, sino un hombre cualquiera, por el solo hecho de estar vivo. La identificación como seres sensibles es anterior a las diferencias u oposiciones entre los seres humanos. Esta identificación con el otro es el principio que nos acerca hasta reconocer y respetar la otra expresión de vida. Esto presupone con igual grado en sentido inverso a identificarse consigo mismo, con el "yo". El mismo principio es válido entre sociedades: "también en un ser colectivo, el hombre debe reconocerse como un él antes de pretender ser un "yo". "Entonces el yo y el otro, liberados de un antagonismo que sólo trata de azuzar la filosofía, recobra su unidad".

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De modo que lo que necesitamos es una razón reconciliada con la vida, con la naturaleza, una razón que mantenga clara la identificación con el otro, el sentimiento de piedad, una piedad por encima de sofismas ideológicos. En nuestro medio parece que hemos perdido la "repuganancia innata a ver sufrir al semejante". Esto no tiene que ver con evasiones sensibleras, sino con el sentido que debemos obligarnos a ver un semejante "en todo su ser expuesto al sufrimiento", poseedor, por esto, a "un derecho imprescindible a la conmiseración", a la piedad.

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Necesitamos una razón que no cuente en su haber con el discurso en el cual se expulsa del mundo real todo lo que obstaculiza sus cálculos e intereses, con el argumento metafísico del misil balístico que caerá sobre el que se niegue a seguir sus dictados, con una razón cerrada en su autosuficiencia e impiedad, armada, con potencial destructivo, donde la fuerza es lo que puede, donde la mayor lucidez no es el amor sino el terror que le molesta la particularidad, la diferecia; lo que necesitamos es dialogismo.

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A este orden despiadado de relaciones destructoras necesitamos oponerle el proyecto de una razón reconciliada con la vida, el principio de identificación con el otro, el sentimiento de piedad lejos de todo sofisma ideológico. Necesitamos darle luz de nuevo a ese sentido innato de repugnancia cuando vemos sufrir a un semejante, cuyo descubrimiento "obliga a ver a semejante en todo su ser expuesto al sufrimiento y poseedor por ello de un derecho imprescriptible a la conmisceración". Esto, las grandes religiones, ya lo han visto de algún modo, pero, hoy es necesario actualizar, reformular y poner en práctica. Este hecho nuclear lo expresa Lèvi-Strauss de la siguiente manera: "el hombre es un ser viviente y sufriente, idéntico a todos los demás antes de distinguirse de ellos por criterios subalternos" (Levi-Strauss: 1972). Sólo la afirmación de esta identidad, la experiencia de esta solidaridad con el hombre y con la naturaleza nos dará el pegamento con el cual podremos soldar las fracturas y rupturas entre el yo y el otro, o lo otro. Compromiso que nos lleva a luchar por el derrocamiento de relaciones infames, a nombre de la humanidad, de la vida misma: "una llamada a aliviar el sufrimiento, a dar protección, alimento, calor, consuelo, ánimo, esperanza". En últimas, de lo que se trata es de una crítica a una razón insensible, esquizoide, que postula un yo separado y egoista. Aceptar que "yo es otro", pues la alteridad ya está en nosotros.

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El principio de la identificación con el otro no tiene más remedio que pasar a través de la identificación con aquellos que han venido siendo aplastados por quienes se abrogan el poder de decidir por los demás. Esta apertura a la realidad del otro crea la política de respetar el derecho de quien poco tiene, del migrante, del desplazado, la igualdad de la mujer, la identidad de las minorías, la autonomía de las naciones dependientes y el respeto por la naturaleza misma.


Lo imposible posible (la incertidumbre)

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Sigo a Edgar Morín, en hacer posible lo imposible. El autor parte de la existencia de un realismo trivial para quienes lo tangible es real, sin tener en cuenta lo impalpable del deseo, del mito, de lo imaginario, cuando estos hacen parte de la realidad humana y trabajan poderosamente en el devenir histórico. El autor dice: "Hay un realismo trivial para el que lo real es visible de toda evidencia y para el que la realidad inmediata aparece durable e irreductible (…) Por el contraio lo real no es evidente ni consciente". En consecuencia la realidad no es más que la idea que tenemos de la realidad. En el encuentro de lo real con lo ideal hay incertidumbre. "La idea se impone a lo real, pero éste no se conforma sin embargo a la idea" (Morin: 2001). En nuestro medio guerrilleros, terroristas, paramilitares operan con una aparente muestra de que conocen nuestro acontecer, pero, en realidad, en el fondo, saben poco de él; a la larga, son incapaces de integrar su conocimiento al contexto. Igualmente, nosotros, los que padecemos su presencia, escaseamos de conocimiento en torno de nuestro acontecer, cegados, no reconocemos que el enemigo está también en nosotros, he aquí nuestra inconsciencia, parte de nuestra imbecilidad. De parte y parte, nuestras intensiones emancipadoras, por la incosciencia que manejamos, nos lleva a efectos opresores. De modo que lo que necesitamos es situar el problema del fin y de los medios en una relación de incertidumbre. Esta relación de incertidumbre nos lleva al campo de la utopía, en el sentido de que las transformaciones son irrealizables en la realidad presente, pero que igual, según Morin, son posibles aunque improbables. En este ejercicio de la improbabilidad lo que se debe hacer es favorecer lo mejor, inhibir lo peor, sin suprimirlas, claro, pues la violencia parece un estado connatural al hombre.

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Hemos intentado suprimir la explotación del hombre por el hombre, toda forma bárbara de dominación, pero creando al mismo tiempo nuevas formas bárbaras de dominación y explotación. En nuestra vida cotidiana, el estado de relaciones entre personas es lamentable y, a menudo, lo peor está en el seno del mismo hogar, de una misma familia. Mezquindad, celo, agresividad, están por encima de la benevolencia. Abolir el malestar humano es imposible, sin embargo se pueden remediar las formas de malestar ocupándonos de las condiciones sociales y políticas.

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Aliviar nuestro comportamiento bárbaro, agresivo, implica una transformación profunda de las relaciones humanas, y esto justamente es problemático, dice Morin. Pero no por problemático impensable o imposible de tender a estas transformaciones, entonces es cuando plantea lo posible imposible y lo imposible posible. "Es técnica y materialmente posible reducir las desigualdades, alimentar a los hambrientos, distribuir los recursos, contener el crecimiento demográfico, disminuir las degradaciones ecológicas, cambiar el trabajo, crear diversas altas instancias planetarias de regulación y salvación, desarrollar la ONU en verdadera sociedad de las naciones, civilizar la tierra… Pero es una posibilidad imposible en tanto necesita transformaciones en las estructuras mentales, sociales, económicas, nacionales… Así lo posible es imposible y vivimos en un mundo imposible donde es imposible alcanzar la solución posible" (Morin: 2001) En este posible imposible es realista, pero utópico. Utópico por la profunda incertidumbre sobre las posibilidades de un ir a otra esfera que no sea sólo técnico, económico, institucional, sino tambien mental, moral, social. Profunda incertidumbre pues no tenemos clara el terreno fronterizo. En esto entonces el esfuerzo es por averiguar cómo las dificultades que en un principio parecieron insuperables, posteriormente se resolvieron. Hay dificultades que parecen absolutamente cohersitivas, que contienen su brecha: la organización físico-química, la aspiración del lenguaje; nunca en sus etapas previas se pensó que podían ser posibles. "La incertidumbre del espíritu sobre la realidad, la incertidumbre en el centro de la realidad, ofrecen a la vez riesgo y oportunidad. La insuficiencia del realismo inmediato abre la puerta al más allá de lo inmediato. El principo de incertidumbre de la realidad es una brecha en el realismo, y en lo imposible. Es en esta brecha que es necesario introducir la política de la civilización".

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Para Morín la incertidumbre es el lugar creador de un mejor estar en el terreno de la historia que nos falta por construir. "La historia ha sido trágica, es trágica, corre el riesgo de ser irremediablemente trágica. Pero ella es igualmente incierta, y el principio de incertidumbre nos dice que por improbable que sea, no es imposible mejorar la relación entre humanos, ni imposible que se pueda civilizar la tierra. Él deja la puerta abierta a la esperanza pero no aporta ninguna seguridad". No estamos aún al final de las posibilidades, como tal lo que creemos imposible, por efecto de la incertidumbre, podrá ser posible.


Noción de tolerancia
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En nuestro medio la noción de tolerancia necesita ser revisado, dado que en nuestros diálogos con los agentes del desorden es una de las palabras más socorridas, sin embargo en necesario repensarla. Para esto se recurre a lo que entienden dos pensadores de nuestra contemporaneidad: Habermas y Derrida (Borradori: 2003).

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Para Habermas, la tolerancia tiene sentido en una democracia constitucional, democracia institucional como la única situación política que puede combinar de manera consistente la comunicación libre y exenta de coacción y la conformación de un concenso racional. Habermas acepta que el término tenga un origen religioso y que posteriormente la política secular se lo haya apropiado; incluso acepta que tolerancia es unilateral, es decir, que hay quien lo establece arbitrariamente desde su autoridad proponiendo un umbral entre lo que es aceptable de lo que no. Sin embargo, Habermas, opina que la unilateralidad de la tolerancia se neutraliza si se la practica en el contenxto de un sistema político (democracia parlamentaria). (Borradori: 2003)

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A una pregunta de la Borradori, de si de alguna manera el concepto de tolerancia no encierra en sí paternalismo, Habermas responde: "Piense, por ejemplo, en el Edicto de Nantes, con el cual el rey francés permitió a los hugonotes, es decir, a una minoría religiosa, la confesión de su creencia y el ejercicio de su culto bajo la condición de que ellos no cuestionaran la autoridad de la monarquía ni el predominio del catolicismo. La tolerancia ha sido practicada en este sentido paternalista durante siglos. Lo que es ahí, paternalista es la unilateralidad de la explicación de que el señor soberano, o la cultura mayoritaria, están dispuestos a 'aguantar', según su libre criterio, la práctica desviada de la minoría. En ese contexto tolerar, aguantar una carga, tiene algo de acto de gracia o de prueba de favor. Una de las partes permite a las otras ciertas desviaciones de la 'normalidad' bajo la condición de que la minoría tolerada no traspase los 'límites de lo soportable'. Esa 'concepción del permiso' autoritaria (…) está con razón expuesta a la crítica. Pues es obvio que la autoridad existente fija de manera arbitraria los límites de la tolerancia: los límites entre lo que todavía se 'acepta' y lo que ya no se 'acepta'. De modo que puede surgir la impresión de que la tolerancia, que sólo puede ser practicada dentro de un límite a partir del cual termina, posee ella un mínimo de intolerancia". Pero para que esta tolerancia, vista como paternalismo, sea entendida de otro modo, Habermas parte de la existencia de un Estado democrático para afirmarla: "En el interior de una comunidad política cuyos ciudadanos han otorgado recíprocamente los mismos derechos no hay lugar para una autoridad que pueda fijar unilateralmente los límites de lo que tolera. Sobre la base de igualdad de derechos y del reconocimiento recíproco de los ciudadanos, nadie posee el privilegio de poner los límites de la tolerancia desde la perspectiva de su propia valoración".

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Como vemos para Habermas la tolerancia es el punto importante. Lo que se tolera no se fija de una manera unilateral o monológica sino que se consigue de una manera dialógica a través del intercambio racional entre ciudadanos. Todo esto en el marco de una lealtad a la Constitución, entendida esta como la encarnación política del ideal de una comunidad moral cuyas normas y prácticas son plenamente aceptadas, pues la comunidad está sujeta a ellas.

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Por su parte, Derrida, entiende la tolerancia en los siguientes términos. Igual que Habermas, Derrida, le encuentra a la tolerancia, un matiz cristiano, lo que lo hace un concepto político y ético menos neutro, es decir, está del lado del poder, como una especie de concesión condescendiente. Hay un remanente paternalista en el que no se acepta el otro como igual sino que se lo subordina, quizás se lo asimila y ciertamente se lo malinterpreta en su diferencia (Borradori: 2003). Por lo que este concepto no es adecuado para ser utilizado en la política secular.

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Para Derrida, "la tolerancia es ante todo un acto de caridad…La tolerancia está siempre del lado de la 'razón del más fuerte'; es una marca suplementaria de soberanía; es la cara amable de la soberanía que dice, desde sus alturas, al otro: yo te dejo vivir, tú no eres insoportable, yo te abro un lugar en mi casa, pero no lo olvides: yo estoy en mi casa…". Lo contrario a la tolerancia es la hospitalidad. Hospitalidad como la singular obligación que cada uno tiene frente al otro. Derrida lo dice así: "La hospitalidad pura es incondicional no consiste en una invitación (yo te invito, yo te acojo en mi casa (chez moui) con la condición de que tú te adaptes a las leyes y normas de mi territorio, según mi lengua, mi tradición, mi memoria, etc.). La hospitalidad pura e incondicional, la hospitalidad misma se abre, está de antemano abierta a cualquiera que no sea esperado ni esté invitado, a cualquiera que llegue como visitor, absolutamente extraño, no identificable e imprevisible al llegar, un enteramente otro. La tolerancia en cambio es una hospitalidad condicionada. Al ser tolerante, uno admite que el otro ha sido colocado bajo nuestras propias condiciones y, por consiguiente, bajo nuestra autoridad, nuestra ley y nuestra soberanía. La tolerancia es el derecho de invitar y en cuanto tal pone las condiciones para las convenciones nacionales o cosmopolitas".


Nociones guías
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Estas nociones han sido propuestas por (Morín: 2001). Se retoman aquí como conclusión a la propuesta.

Reunificación. Esta noción permite englobar, comunicar, solidarizar, fraternizar y se opone a lo que fragmenta, disloca (rompe toda comunicación). Lo que fragmenta encierra ignorancia del otro, del vecino, del humano, es etnocentrismo disolutorio. La reunificación hace frente a la barbarie que divide.

Debate. Todo debate es inherente a la institución ciencia, a la filosofía, a la institución democrática. Exige la primacía de la argumentación y el rechazo a la anatematización. "Lejos de rechazar la polémica, ella la utiliza, pero rechaza todo medio vil. Todo juicio de autoridad, todo rechazo por el desprecio, todo insulto sobre las personas".

Comprensión. Complementa a la explicación que utiliza métodos adecuados para conocer los objetos en tanto objetos, pero "que tiende a deshumanizar el conocimiento de los comportamientos sociales y políticos; la comprensión permite conocer el sujeto en tanto sujeto y tiende siempre a rehumanizar el conocimiento político…".

Magnanimidad. Frente a la venganza, al castigo, oponer la magnanimidad que es un acto de soberana clemencia. "El retorno de la barbarie está notablemente marcada por la renovación del ciclo infernal del odio implacable, que se dirige al resurgimiento de la etnia, religión, clase, nacionalidad enemigas, que entretejen el ciclo terrorismo/tortura. Sólo hay un medio para tratar de romper este ciclo infernal: la irrupción de la magnanimidad, la clemencia, la generosidad, la nobleza", la benevolencia entendida como gratitud por el otro, al tiempo que hacer cosas por el otro sin obligación alguna.

Incitación a las buenas voluntades. No hay ninguna "clase social privilegiada para cumplir una misión histórica, ninguna élite que disponga de un saber verídico…, así como no se puede confiar actualmente en la educación, ya que sería necesario previamente educar a los educadores para que estos sean más capaces de esclarecer a los aprendices, se hace necesario retomar el llamado a las buenas voluntades y pedirles que se asocien entre ellas para salvar a la humanidad del desastre".

Resistencia.Con la resistencia le hacemos frente a la barbarie. Entender que no es la pasividad, el dejar hacer, sino diseñar estrategias de resistencia para dislocar la barbarie.

En últimas, lo que necesitamos es centrarnos en la dialógica que nos permite el conocimiento del otro a partir del encuentro sujeto-sujeto-contexto-discurso.

Citas

• Jairo Restrepo Galeano, Antropólogo, Magister (cum laude) en Literatura; novelista y cuentista; docente de tiempo completo de la Universidad Central, Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Arte, Departamento de Humanidades y Letras. Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira, 1996.

• El representacionalismo considera si lo real es determinado a priori o a posteriori (ya sea por el pensamiento o por el lenguaje).

• De entrada, opinión no es creencia. La opinión viene a ser el intermedio entre la ignorancia y el conocimiento genuino. Para Platón se trata de una facultad o potencia propia, distinta de la ciencia, que nos permite juzgar sobre la apariencia, es un cuasiconocimiento superficial, parcial y circunscrito a los fenómenos, es una aserción un tanto subjetiva, en la que cabe alegar algún tipo de razón, sin pretensiones cognitivas de peso. El conocimiento, en cambio, debe cumplir estas condiciones individualmente necesarias y conjuntamente suficientes: justificación (adecuada), verdad creencia y que se adquiera con método fiable.

• Piedad, virtud religiosa, pero que en este caso se trata de abnegación y amor entrañable por el hombre, una especie de sacrificio por hacer de nuestra voluntad una constante de amor por el prójimo.


Bibliografía

- 2000, Muñoz, Jacobo y Velarde, Julían (editores), Compendio de Epistemología, Madrid: Editorial Trotta.

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- 1998, Beck, Ulrich, ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuesta a la globalización, Barcelona: Paidós.

- 1999, Galindo Hervás, Alfonzo, "Verdad y racionalidad en Richard Rorty, en Orden y Caos. Las ciencias de la complejidad, Antonio Campillo (coordinador), Universidad de Murcia.

- 1972, Lèvi-Strauss, Claude, Presencia de Rousseau, Buenos Aires: Nueva Visión.

- 2001, Morin, Edgar, "De la incertidumbre democrática a la ética política", en Ensayo y Error, Revista de pensamiento crítico contemporáneo, año 6 No.8, Bogotá.

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